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Tradiciones, Cuentos Fantásticos y Leyendas Urbanas. (1º parte)

“La historia del hombre es la historia de cómo manejar a las cosas. El hombre ha ido inventando medios para luchar contra el terror de las cosas” (Rafael Llopis, 1974).

Desde la antigüedad, el ser humano siempre se ha creado historias que puedan sostener como un pilar su mundo, un mundo creado precisamente por otras historias, los humanos concebimos,  plasmamos y nos referimos a nuestro entorno a través de narraciones, que van de boca en boca, y que le dan a eso que se vio, a eso que se sintió, una explicación plausible, o al menos, para todos aquellos que comparten la fogata y las ruinas, una explicación para el inconsciente colectivo, que es una idea o visión que se comparte con las masas, ideas generalizadas, entendidas y aceptadas por todos a nivel del inconsciente.  Todas esas narraciones que le han dado identidad a nuestra sociedad se les denominan “leyendas”.

Pero, ¿qué es una leyenda? Esta palabra que proviene del latín legenda, que significa cosa que ha de ser leída. La leyenda es una mezcla de ficción y realidad. Su origen está en la tradición oral y el folklore. Es anecdótica y guarda es sí misma enseñanzas y moralejas, al igual que las fábulas, es parte de la sabiduría popular (Norma Lazo, 2004). Son producto de la fascinación del hombre por crear historias, por comprender su entorno, son producto de la férrea necesidad del ser humano por tratar de cuestionarse todo lo que le rodea y acontece. Hubo un momento en que la religión y la ciencia sustituyeron el papel de las leyendas como herramienta para explicar las cosas, pues estas ya no eran creíbles. 

Las creencias y la emoción de miedo que siguen muy dentro del hombre, eran relatadas en los poblados o regiones apartadas donde tomaban forma de leyendas. Pero fueron los círculos de personas ilustres quienes le devolvieron a las leyendas y mitos su carisma, su valor como narración y relación con las raíces de un pueblo o una comunidad; fue en el romanticismo que con personajes en sus filas como Goethe, Novalis, e incluso Bequer en nuestra lengua, escribieron relatos de ficción sacados de esas viejas historias que ellos escuchaban en las calles o de niños. Estas narraciones, mezcla de folklore y literatura, fueron el auge del romanticismo en Europa, pues todos habían escuchado esas historias, pero pocos las habían leído de forma embellecida. El mismo escritor Gustavo Adolfo Bequer, hace creer que las situaciones sobrenaturales que aparecen en sus relatos si ocurrieron; ponen en tela de juicio nuestra percepción del entorno y en duda nuestro concepto de “realidad”, además de acercarnos con nostalgia a nuestras raíces. Se denotan vacilaciones del ser frente a algo inexplicable o ante estas mismas dudas del personaje principal del texto, y surge un nuevo género literario que hasta ahora nos ocupa, que es, el relato fantástico.

Nos dice Tzvetan Todorov (1971) que; “Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural”. Esta realidad, aunque muy criticada para el autor, puede funcionar de maravilla en nuestro objetivo, pues si lo aterrizamos al plano de la literatura veremos entonces que “la literatura fantástica es aquella que ofrece una temática tendente a poner en duda nuestra percepción de lo real” (Roas, 2004). También el autor Fernando A. Moreno (2010), nos aclara este punto así; “La literatura fantástica, es la literatura basada en un suceso sobrenatural que rompe de modo traumático nuestras convicciones sobre el funcionamiento de la realidad”. Y esta es la verdadera razón por la cual todo relato basado en alguna leyenda, o con característica similares a las antiguas tradiciones folklóricas funcionan, porque nos provoca una sensación de ansiedad o conflicto con nuestra precepción del entorno que conocemos o creemos conocer; pensemos en ejemplos de narraciones que tienen este impacto, como Drácula, Frankenstein o el Moderno Prometeo, los cuentos de fantasmas, las historias de casas embrujadas, e incluso, porque no, los personajes tan asombrosamente parecidos a nosotros pero que en su comportamiento, pensamientos y hasta en su fisiología son hipérboles de nuestro miedo y no tienen explicación, por ejemplo; telequinesis, bestialidad o transformaciones, muertos que regresan a la vida, etc. 

Es en el siglo XIX cuando estas historias abundan y se dan a conocer masivamente, no solo en Europa sino también en américa Latina, autores que cultivaron en nuestro continente este tipo de historias, que retoman las viejas leyendas y el folklore de nuestra antigua Tenochtitlan, cambiada por la conquista de los españoles y su ciudad Nueva España; nos abren una visión verdaderamente autóctona de nuestras propias narraciones como vía de reconocimiento de un grupo y su necesidad de identidad, autenticidad y autonomía. En este mismo siglo de las luces, como se le llamo al s. XIX, personajes como Bernardo Couto Castillo, Amado Nervo, Vicente Riva Palacio, Justo Sierra Méndez entre otros, se dedicaron a rescatar estas viejas tradiciones y a darles un toque literario con lenguaje limpio, pero que al final, seguían siendo los mismos cuentos que se escuchan en cada poblado, vecindad o caserón viejo, llamado por los académicos o ilustrados de ese entonces como cuento, cuadro, escena, leyenda y en la actualidad “Relato Fantástico”.  

Dr. Calligary

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